Vuelvo al hogar, ese que me acompaña siempre, estoy en Paris. Comienzo estas líneas desde el Hotel Shangri-la junto a Trocadero, había recibido muchas recomendaciones y ahora entiendo el porqué. Su belleza, majestuosidad junto con la ubicación es difícilmente superable. Disfruto de mi desayuno continental divisando unas vistas espectaculares de París, la Torre Eiffel se erige majestuosa a mi derecha, la vieja dama está radiante como siempre.   Esta vez estoy aquí para visitar  “Le musée des Arts Decoratifs” allí tengo una cita con el maestro Dior en su exposición. Estoy impaciente por ver el trabajo, en mi opinión, de la casa de alta costura más influyente en la moda del siglo XX.

Antes de iniciar mi paseo, vuelven a mi mente. Ellos me acompañan cada vez que vuelvo a París de una forma diferente eso sí, pues ya no pueden estar junto a mí físicamente. No importa, me digo a mí mismo recobrando mi entereza, siento su calor en mi corazón, sus sonrisas en mi alma y en mi memoria se mantienen intactos. Mientras cierro mi abrigo y me coloco mis guantes, unas lágrimas brotan de mis ojos al recordar lo vivido antaño. El frío hace que se sequen rápidamente y tras una breve catarsis emocional, me doy cuenta de que ya he llegado frente a la Torre Eiffel.

Atravieso los Campos de Marte y giro a la izquierda en dirección al Hotel des Invalids. Llegado a la cúpula dorada de este edificio, dónde está enterrado Napoleón. Procedo a bordearlo para atravesar el puente de Alejandro III. Dejó atrás el Grand y el Petit Palais; ya estoy en los Campos Elíseos y está con su tradicional Feria de Navidad, eso sí, llena de gente. Me dirijo hacia la plaza de la Concordia dejando a mi espalda el Arco del Triunfo, al llegar a ésta me decanto por atravesar el “Jardín des Tuleries”. De repente y casi sin darme cuenta estoy frente al Museo del Louvre, giro a mi izquierda unos pocos metros más hacia delante y por fin llego al 107 de la Rue de Rívoli.

Saco mi entrada y accedo al interior. Son las 11:10 horas de la mañana. Menos mal que he tenido la previsión de comprarla por internet, pues de lo contrario debería hacer una cola con cientos de personas esperando. La exposición está dividida en dos partes. Comienzo por el principio, así que giró a la izquierda. Antes de subir las escaleras, observo una proyección en la que se muestran imágenes y vídeos de este genio de la alta costura.

En esta primera parte, la exposición nos muestra los inicios en su vida profesional como galerista de arte. Christian Dior se relacionó con múltiples artistas e intelectuales durante toda su vida y su obra está llena de influencias de todas esas vivencias. En esta parte nos presentan algunas de sus creaciones y su gama cromática a partir de sus propios diseños. La riqueza de su colorido, diseños y texturas hacen las delicias de los amantes y consumidores de sus colecciones, todo el mundo observa sin perder detalle todo lo que allí se muestra.

En la otra parte de la exposición, el blanco y el negro de sus creaciones dominan la entrada. Tras subir las escaleras me encuentro frente a un gran expositor que muestra sus trabajos en estos dos colores antagonistas. La primera impresión tras observarlo es de empequeñecimiento personal ante la grandiosidad del formato de la presentación. Es entonces cuando accedo a una exposición de prendas seleccionadas de los diferentes famosos diseñadores que han trabajado para la firma y pienso:  “…ya no puede quedar nada más…”. De nuevo me equivoco y llego a una nueva estancia que imita a un vestidor donde el blanco lo inunda todo y aún me siento más pequeño que a la entrada. De esta segunda parte de la exposición, sin duda, la colocación del espejo en el techo multiplica de forma exponencial esta sensación. Ahora sí creo que he llegado al cenit de la exposición, me dispongo a salir por la que parece, es la puerta. Y es entonces… es en ese momento, cuando mi corazón, mi mente y mi cuerpo, da un último vuelco. ¿Estoy ante la Capilla Sixtina de la moda? Siento como si me encontrase en un Nirvana ante tanta belleza, el juego de luces, la cantidad de obras, su disposición. Todo el conjunto es admirable desde cualquier ángulo. Estoy atónito, estupefacto, ensimismado… No encuentro adjetivos que puedan describir lo que estoy sintiendo, el subidón que recorre mi organismo es brutal. Intento observar cada detalle tranquilamente, pero no puedo hacerlo. Necesito verlo todo, disfrutarlo. Y no paro de moverme y de fotografiarlo todo. Siento una especie de ansiedad que se ha apoderado de mí. Y no puedo controlarla, hasta que pasa un buen rato. Finalmente salgo de la exposición y al mirar el reloj, son más de las cinco de la tarde. Ahora entiendo lo que es, perder la noción del tiempo.

By Jean Galiana