Es hora de partir, repaso mentalmente si llevo todo lo que necesito, las prisas de nuevo están ahí. Tengo a Carlos al teléfono, acabo de mandarle los patrones que me ha enviado hoy el escultor. Mis amigos me están esperando abajo y … ¡el avión sale en menos de una hora y media!. Cuelgo y pienso ¿qué llevo en la maleta? En mi “doctorbag” hay: unas fiambreras, la cámara de fotos, los billetes, el pasaporte y mi cartera ¿acaso necesito algo más para viajar? Tras unas cuantas carreras conseguimos embarcar a tiempo.

Ya estamos en Japón la aventura empieza: Alex, David y yo madrugamos a diario, hay mucho que ver en poco tiempo. Nos estableceremos en las ciudades de Osaka, Kyoto y Tokyo para desde allí visitar otros lugares. Desde Osaka visitamos Hiroshima. Ver a los nipones ante la llama que conmemora la tragedia resulta estremecedor. Visitar la isla de Miyajima, famosa por su Torii, me permite conectar con mi lado espiritual de nuevo y alinear mis chacras en su zona de templos.

Durante nuestra estancia en Tokyo, confirmamos que es tan cosmopolita como creíamos. No importa cuál sea la tribu urbana a la que pertenezcas, todo es normal. En Asakusa vimos a una madre ataviada con el kimono tradicional junto a sus hijas, una vestida de Emo y la otra de Lolita. Allí también encontramos a una Geisha acompañada de tres Maikos (aprendices de Geisha). Carlos y yo hablamos a diario, voy cumpliendo con las visitas programadas a tiendas. Al llegar a la “Fabric Town”, avenida de más de un kilómetro llena de tiendas, me saturo. Tantos estampados, telas, encajes, adornos diferentes… es más de lo que puedo procesar. Comprendo que esto es cosa del alquimista, así que le envío imágenes y vía “whasap” vamos concretando que debo comprar. El día pasa rápido, la tarjeta se va agotando, no quiero ni pensar cuanto hemos gastado. Llamamos a un taxi para ir recogiendo los paquetes de cada tienda. Al vernos entrar en la oficina de paquetería los empleados se asustan. A las ocho de la tarde el envío está rumbo a España y nosotros vamos a celebrarlo cenando carne de Kobe. La cena ha sido prohibitiva pero esta carne es un auténtico manjar de dioses.

La estancia en Kyoto me deparó una sorpresa que jamás olvidaré, “Hikari” (luz en japonés). Una japonesa de aproximadamente un metro y sesenta y cinco centímetros piel blanca como el marfil, nariz puntiaguda y unos ojos con pequeñas vetas verdes. Cuando le pregunté y me respondió en francés mi corazón dio un vuelco, mis vivencias en París me sacudieron de nuevo.

La conexión entre ambos fue inmediata. Durante cinco días nos llevó a muchos lugares, vimos practicar: kendo; sumo; judo, béisbol… La primera noche tras la cena decido acompañarla a casa, sería la primera de las cuatro noches que pasaríamos juntos. Me explicó que su tatarabuelo era francés. Su familia para honrar este amor, implanto su aprendizaje como una muestra de respeto. Eran burakumin ya que antiguamente se dedicaron a la curtiduría y me explicó que significa pertnecer a esta clase social. Me mostró cosas hechas en piel y telas realmente “un1kas”. La tensión sexual entre nosotros iba en aumento esa noche, pero no ocurrió nada.

“¿Es real lo que me esta pasando?” pensé mientras la veía dormir cerca de mi. La segunda noche no lo pude evitar y la besé. No sabía como reaccionaría, pero me correspondió y en ese momento la pasión se desató. Ver su cuerpo delgado, pero fibrado, danzando sobre mi, ¡era increíble!. Su llegada al climax provocaba en mi siempre el mismo efecto. Durante las noches practicamos el origami sobre telas y pieles; tomamos un baño al estilo japonés, sus atenciones y delicadeza son algo que no puedo describir con palabras; hicimos la ceremonia del té ataviados con kimonos tradicionales. En resumen conocerla me permitió vivir realmente la cultura japonesa. Ser una guerrera moderna, que lucha por la igualdad, me tendrá cautivado siempre. Nuestra despedida fue un beso en el que creí sentir su alma y que jamás creo pueda olvidar.

Ella volvió a sus obligaciones, mis amigos a España y yo me fui a Okinawa por cuatro días. Allí una colaboradora de Un1kos me esperaba para mostrarme la confección de kimonos y la cultura de esta prefectura. La diferencia cultural de esta región con el resto de Japón es evidente. Sus rasgos físicos, su forma de vestir, su ritmo de vida, todo es diferente. A pesar de que Hikari no estaba físicamente sentía que me acompañaba.

Así las cosas el viaje llegó a su fin, quizá lo vivido en Japón sirva para la confección de alguna colección, ¿vosotros qué pensáis? Yo simplemente sé que en Kyoto encontré una “luz” que me alumbra en mis días oscuros

By Jean Galiana

P.D: Gracias a mis compañeros de viaje por su paciencia y comprensión ante todo lo ocurrido.